Reflexión sobre la estupidez - Soluciones integrales Para Centros Educativos | Educando.es
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Reflexión sobre la estupidez

Reflexión sobre la estupidez

EL PODER DE LA ESTUPIDEZ (Giancarlo Livraghi. Ed. Ares y Mares)

José Antonio Marina recuerda constantemente el proverbio africano que dice que “para educar a un niño hace falta la tribu entera“. Pero en la tribu al completo es imposible no encontrarnos, tarde o temprano, con un estúpido; desde el tonto en tentativa -aquél que se ve que lo va a ser en breve, esta tarde mismo-  hasta el tonto consumado; la sospecha de Einstein (“sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro de la primera“) nos debe poner en guardia… ¡hasta con nosotros mismos!

El ejercicio de la abogacía te enfrenta continuamente con situaciones y decisiones estúpidas, que desembocan normalmente en un juicio (o en varios); el viejo adagio de que “más vale un mal acuerdo que un buen pleito” está ya desgastado de tanto usarse; pero sigue siendo claramente verdad y, por tanto, claramente inteligente; a pesar de ello, ¡cuántas veces se prefiere el otro refrán, el estúpido: “que me quede yo tuerto, si él se queda ciego”!

Por eso me he sentido muy identificado con la razón del libro de Livraghi: la estupidez, que es la fuerza más destructiva de toda la evolución humana, no se puede eliminar totalmente, pero se puede evitar -o reducir-, aunque para eso hay que conocerla.

Así, el libro, analiza primero por qué “las cosas salen mal” (la famosa Ley de Murphy: cuya causa más frecuente es la estupidez humana), y cómo se multiplica el poder de la estupidez humana (por medio de los comportamientos necios: Leyes de Parkinson; y el famoso Principio de Peter de ascensión al nivel de incompetencia).

Sobre esta base, analiza después las “Leyes de la Estupidez” de Carlo M. Cipolla, que definen al estúpido como “aquél que causa daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”; ¡ay, cuantos tuertos!

Situémonos cada uno: si en un eje de coordenadas cartesianas colocamos en el eje “X” los beneficios y pérdidas que nos causamos a nosotros mismos, y en el eje “Y” los beneficios y pérdidas que causamos a los demás, estaremos en uno de estos 4 grupos de individuos:

  • Inteligentes: Beneficiamos a los demás y a nosotros mismos.
  • Desgraciados: Beneficiamos a los demás; pero nos perjudicamos a nosotros (con un matiz importante: si lo hacemos a conciencia, nunca mejor dicho, estaremos en un grupo de individuos altruistas y generosos).
  • Bandidos: Perjudicamos a los demás; nos beneficiamos a nosotros.
  • Estúpidos: perjudicamos a los demás y a nosotros mismos.

La buena noticia es que hay “antídotos contra la estupidez”: el mejor es la gestión inteligente de los errores, de los propios (reconocer un error no es solo ser sincero, sino ser inteligente y reducir el poder de la estupidez) y de los ajenos (lo inteligente es perdonar y, además, comprender si lo que nosotros hemos hecho -o dejado de hacer- ha contribuido al error ajeno). Hay que abandonar el deporte nacional, en el que todos somos expertos, de buscar y, normalmente, encontrar … ¡chivos expiatorios!

Pero hay varios “antídotos” más, que resumo rápidamente porque, además, sospecho que coincidirán en gran parte con las condiciones de las distintas Inteligencias de Gardner:

 

  • Curiosidad genuina (no el cotilleo) y la escucha.
  • Intuición (no como sustituto del pensamiento racional y disciplinado; pero de la chispa de la intuición se puede encender un fuego de enorme valor).
  • Creatividad: un cambio de punto de vista que arroja particular luz sobre un asunto puede ser muy útil.
  • Meticulosidad: ser cuidadoso con los detalles esenciales para obtener buenos resultados y una intelección relevante.
  • Experiencia: aprender es una actitud activa, una tarea interminable.
  • Historia: para comprender no ya la remota ni la reciente, sino también las noticias cotidianas de varios orígenes.
  • Sencillez (maravillosa pero no fácil); la estupidez es compleja, y la inteligencia sencilla; es mucho más fácil complicar las cosas que simplificarlas.
  • Humor; cuanto más estúpida es una persona, menos sabe reírse de sí misma.
  • Duda: donde no hay duda, no hay pensamiento.
  • Evitar tópicos y prejuicios.

 

El libro tiene mucho más contenido, y está muy ágilmente escrito: ¡ojalá este pequeño comentario sirva para que lo lea toda la tribu! (incluso con el riesgo de reducir el trabajo de los abogados).

 

Enrique Giménez-Arnau

Abogado y Presidente de la Asociación Sol y Dar y Darse (http://www.solydarydarse.org/)

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