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¡NO ME ESCUCHAS!

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¡NO ME ESCUCHAS!


Ana Isabel García Vázquez

¡Cuántas veces nos han dicho una frase como esta! Seamos personas sinceras, no ya solo nuestros hijos e hijas, sino incluso nuestras parejas y amistades. O la de veces que lo hemos gritado a los cuatro vientos por nuestras bocas…Lo que está claro es que está a la orden del día y que resulta que en estos tiempos empieza a ser más problemática la falta de escucha de lo que era antes, quizá como síntoma de que algo está cambiando en nuestras sociedades. Pareciera como si necesitáramos mucho más crear relaciones basadas, entre otras cosas, en la escucha.

Pero ¿qué hay que tener en cuenta para mejorar esta tan deseada habilidad? El Dr. Aurelio González Riancho dice que “con el oído oímos, pero con el cerebro escuchamos”*. Esto es, no solo necesitamos tener al menos una oreja y las condiciones ambientales adecuadas para captar los sonidos, sino que algo ocurre en nuestro cerebro, en el procesamiento que hacemos de ese estímulo, que determina (sí, digo “determina”) lo que escuchamos.

Esto no es nada nuevo. Lo sabíamos de manera intuitiva, y queda reflejado en nuestras expresiones coloquiales cuando decimos eso de que “solo escuchas lo que te interesa” o lo de “haces oídos sordos a lo que no va contigo”. Aquí ya dejábamos muy claro que hay un filtro que se pone por parte de la persona en la acción de escuchar, sea o no consciente. 

Así es que, si queremos empezar a escuchar, primero hay que contar con un espacio posibilitador, sin reverberación (factor ambiental)**, y preparado para que el sonido se propague con el fin de ayudar en la escucha que se quiere propiciar. 

Una oreja en condiciones, cuanto menos, es prioritaria (factor fisiológico). Y, unido a esto, requeriremos adentrarnos en nuestro cerebro y comprobar que la audición, ese procesamiento que hacemos de la información exterior, es el adecuado (factor fisiológico y psicológico). Para esto las audiometrías pueden ser de gran ayuda, en el caso de detectar que la persona aparentemente oye, pero no termina de comprender lo que se le está diciendo. La percepción auditiva se rige por ciertas leyes y hay que asegurarse de que hayan sido correctamente integradas.

¿Qué más factores hay que valorar? Será esencial observar los aspectos emocionales y cognitivos comprendidos en la acción de escuchar (factor psicológico y filosófico). Especialmente vamos a centrarnos en la atención, en el pensamiento y en los procesos volitivos. 

Si escuchar (activamente o no, que para el caso es lo mismo) es dirigir nuestra atención de manera intencional a aquellos sonidos que estamos oyendo, parece claro que este proceso cognitivo se muestra fundamental. Entonces ¿cómo podemos mejorar nuestra atención? A parte de tener esas condiciones ambientales de las que hemos hablado, hay otros elementos que nos ayudan. Tres en concreto son fundamentales: el tempo, nuestro estado emocional y nuestra presencia.

Vivimos vidas frenéticas, centradas en la producción desesperada y continua, y así no podemos prestar la atención necesaria para escuchar. Si estamos en las prisas, solamente oiremos. Necesitamos de un tempo distinto; es importante frenar y marcar un ritmo lento. Esto nos permitirá estar más en el presente, pero el cambio no es inmediato. Ni necesariamente ocurre. Suele pasar que cuando nos tomamos tiempo para escuchar, vienen a la cabeza el pasado o el futuro, o los dos consecutivamente, a torturarnos con todas nuestras cuentas pendientes o con todo lo que tenemos que hacer. Así que toca dar el siguiente paso, que es dejar que los pensamientos vuelen, no aferrarse a ellos, y ganar en presencia, estar presentes, en el ahora, en lo que ocurre en ese instante. Con esto además habremos comenzado a suspender nuestros juicios, aunque volverán en cuanto menos lo esperemos, así que habrá que seguir prestando atención.

Hay momentos en los que estamos en el puro secuestro emocional, por las razones que sean, y tenemos primero que gestionar todas esas emociones para poder escuchar. Si estamos con un gran enfado o con una alegría desbordante, es mejor no pretender escuchar y dejarlo para más tarde.

Una vez que hemos logrado esa conexión con el ahora (¿dónde si no se produce la escucha?) y estamos en disposición, hay que prestar mucha atención a lo que nos ocurre internamente cuando la otra persona nos habla. Porque esto también condiciona nuestra escucha. Sabemos que si alguien nos está gritando, algo se dispara dentro de nuestro cerebro, nos ponemos en modo peligro y buscamos una salida: luchamos, así que gritamos; huimos, así que nos vamos; o nos hacemos los muertos, así que callamos. La forma de hablar es esencial, así es que hay que cuidarla. Por lo general, cuando hablamos con más tranquilidad de la habitual y bajamos ligeramente el tono, vamos logrando que alguien que antes gritaba, suavice. También podemos directamente pedir que rebaje el tono para que así nos ayude a escucharle mejor. 

El tono de voz también ayuda mucho a que se fije la atención. Todo el mundo recordará alguna charla soporífera; no tanto por el tema, sino por la forma en la que la persona hablaba. El ser humano tiene unos límites y hay que contar con ellos…pedir que me presten atención cuando siempre estoy en Do, es excesivo. Facilitaré si juego a componer una música con mi voz. Y esta dependerá del contenido y del auditorio que tenga.

A caballo entre la forma y el contenido está el lenguaje no verbal. Comunicamos no solo con las palabras, sino con todo nuestro cuerpo y ese lenguaje corporal es algo que también “escuchamos”. Por eso hay que tener cuidado para evitar interferencias. Por ejemplo, no podemos prestar atención a dos mensajes contradictorios, se nos produce un cortocircuito interno y o elegimos cuál es el verdadero (algo que suele estar basado en presupuestos muchas veces erróneos) o directamente dejamos de atender a ambos. Ante esto, detectar la interferencia es una buena medida preventiva para escuchar bien. Porque escuchar es dirigir nuestra atención hacia el sonido, como hemos dicho, pero también comprender lo que la otra persona nos quiere decir, no lo que pensamos que nos ha querido decir. Y para ello, hace falta ver en qué momentos el mensaje no está llegando “limpio” y plantear preguntas que nos permitan clarificar y volver a la comprensión.

Aquí es muy importante no olvidar que la escucha implica también interpretar aquello que hemos oído y que, por ello, tenemos que pulir muy bien cómo aplicamos esta habilidad. La interpretación, para no caer en sobreinterpretaciones, tiene que referirse a la realidad. Es decir, si tengo un cuadro delante con una línea recta, decir que el cuadro lo interpreto como la caída del muro de Berlín parece abusivo de partida. Tampoco debemos caer en subinterpretaciones en las que no vamos a la esencia, a lo significativo del mensaje que nos lanzan. Con el ejemplo anterior del cuadro, caería en eso al decir que lo interpreto como una línea recta. Sin más.

Y justamente en este punto enlazamos con el hueso duro de la escucha: nuestro sistema de valores y creencias. M.Lipman decía, como tantos otros filósofos y filósofas, que nuestra comprensión del mundo depende de cómo entendamos y relacionemos ciertos conceptos capitales como lo son la verdad, bondad, la belleza, la justicia, la identidad, entre otros. Y resulta que, si no comprendo lo que escucho, dejo de escucharlo, a no ser que sea de las pocas personas que se lancen a preguntar, llenos de curiosidad…pero esto requiere de una creencia que convierta para mí en comprensible eso que no lo es. Y esta creencia no suele ser común.

¿Pienso que existe una única verdad? Pues obviamente cuando tenga a una persona que opine diferente a mí, directamente dejaré de escucharlo. ¿Creo que ser buena persona es ayudar a que el resto de la gente vaya por el buen camino? Pues de nuevo dejaré de escuchar y me pondré a persuadir, manipular u obligar, dependiendo de mi rol, para que cambie de opinión. ¿Creo que es justo que cada cual se ocupe de lo suyo? Pues si veo a alguien que no tiene razones para pensar lo que piensa, dejaré de escuchar, que esté equivocado/a es un problema suyo. ¿Me parece que mi identidad es la de un “yo” bueno y perfecto? Evitaré escuchar todo aquello que no lo cumpla.

Y así podríamos seguir enumerando creencias y valores que impiden que se continúe escuchando. Esto es muy interesante notarlo, reconocerlo y acogerlo porque nos va a ayudar a saber qué es lo que tengo que “trabajarme” para poder escuchar mejor al resto. Todo aquello que suponga la creencia de que somos iguales como personas, que tenemos el mismo valor y, por tanto, nadie está por encima de nadie en este sentido, facilitará que escuchemos. En cuanto que ya hemos creado esa horizontalidad, nos situamos fuera del ego, fuera de la defensa, nos preparamos para morir. Porque resulta que escuchar es, hasta cierta forma, una experiencia mortal ya que en el proceso “mueren” muchas de nuestras creencias e incluso valores que teníamos muy “apropiados”. Por eso la escucha también es un acto heroico lleno de valentía.

Con esta actitud de apertura hacia la otra persona, ya no nos preocupamos en llevar razón, sino en tener razón, como diría Schopenhauer. Esto es, no queremos ser quienes estemos en posesión de la verdad, sino conocer la verdad. Y esta puede ser la verdad de todos, de unos pocos o de la persona que está a mi lado y que me está hablando. De aquí es de donde surge la curiosidad, el asombro, las ganas de preguntar para seguir explorando lo que la otra persona me muestra. Así es que, cuando queramos saber cómo hacer preguntas, y que encima sean buenas, debemos primero revisar las creencias y valores que tenemos en relación con el resto de la gente: ¿me creo superior?, ¿creo que no valgo? ¿soy igual de válido/a como interlocutor/a que la otra persona? Y de aquí será fácil ver si me creo o no en posesión de la verdad o más bien estoy interesado/a en buscarla o consensuarla con los/as demás.

escucha activa

Parece que ya con esto tendríamos todo el marco dibujado. Pero no, nos falta ese punto ciego que siempre hay en toda visión. Está de moda decir, con mucho acierto eso sí, que el mapa no es el territorio. Se usa para mostrar que hay muchos mapas, muchas verdades, compatibles entre ellas, es decir, es una forma de defender el perspectivismo de Ortega y Gasset. Pero dejamos de lado el otro gran potencial de esta metáfora: sólo tenemos un mapa para guiarnos por ese territorio. Esas son nuestras gafas para ver la realidad. Esto  trae una interesante consecuencia: sólo puedo ver la parte de la realidad que me dejen ver mis gafas, sólo me voy a mover y reconocer la parte del territorio que esté en mi mapa. El resto, está invisible para mí. Lo demás es inaudible. Y aquí viene lo más fascinante de la escucha: oímos algo pero no logramos escucharlo, por mucha atención que pongamos. Seguramente que esta experiencia alguna vez la habéis tenido: hay una parte de la conversación en la que de repente me fui, hubo como un espacio vacío, como un agujero negro que me tragara. Y por mucho que pidiera que me volvieran a repetir lo dicho y que yo prestara más atención que antes, las palabras parecían agua, se evaporaban en mi cerebro sobrecalentado, y no había nada que hacer.  

Estos momentos hay que tomarlos como si de diamantes se trataran. Si tiramos de los hilos que nos dejan, podemos vislumbrar esos límites que teníamos en la penumbra. Hasta es posible hacer un ejercicio mágico de salir brevemente de uno/a mismo/a y verlo desde el otro lado. Dura segundos, quizá ni eso, porque de repente el límite se vuelve a reestructurar por detrás de nosotros/as y nos cierra en él. Unas nuevas gafas, un nuevo mapa, se ha creado. ¿Cómo lograr aprovechar estos eurekas? Lo primero es reconociéndolos y viviéndolos como tales. Lo segundo es pedir que nos repitan lo dicho, pero despacio y de manera muy escueta, y saborear así el concepto exacto que se nos escurre en nuestra mente. Luego, necesitaremos lanzar preguntas para tratar de encasillarlo y veremos su resistencia, hasta que al final algo se volverá a morir en nuestro interior y, con suerte en el momento, normalmente al cabo del tiempo, lograremos verlo con claridad. Así es como, por ejemplo, yo pasé de la dicotomía libertad/autoritarismo-autoridad a la tricotomía libertinaje/libertad-autoridad/autoritarismo. 

Si después de todo esto seguimos echando en cara a alguien que no nos escucha, es que nos toca volver a leer desde el principio para valorar lo que está intentado hacer, por poco que sea. Que alguien nos escuche o que escuchemos a alguien es casi un milagro. Que las dos personas lo hagan, ya roza lo divino. Lo habitual es que nos sea complicado, que nos topemos una y otra vez con alguno de los límites que se han ido viendo y que nos toque disolverlos o ayudar a que la otra persona pueda hacerlo. El premio es muy suculento: descubrir el mundo de la otra persona que se abre ante nuestro cerebro y, como consecuencia, renacer.

Si quieres consejos:

  • Elige un espacio adecuado para escuchar, donde no vaya a haber mucho ruido ni interrupciones y la acústica sea buena.
  • Asegúrate de no tener cera en los oídos.
  • Durante unos segundos, presta atención a algo de tu alrededor, lo que sea, puede ser hasta tu respiración. Esto tiene la virtud de situarte en el presente. Cuanto más tiempo lo logres hacer y de manera voluntaria, mejor disposición tendrás para escuchar en cualquier momento.
  • Siéntete, ¿estás tranquilo/a? Pues sigue adelante…si no lo estás, valora cuánto te perturba esa emoción o sentimiento. La calma también puede ser algo que se vaya ganando a medida que vamos escuchando.
  • ¿Cómo habla la otra persona? ¿Provoca emociones agradables o desagradables? Si te resulta desagradable por su tono de voz o la agresividad que muestra, te está poniendo a la defensiva, pídela que hable algo más bajo y llega un acuerdo de paz. Si puede, continua. Si no, déjalo para otro momento.
  • ¿Te enfada lo que escuchas? ¿Sólo puedes pensar en lo que la vas a responder? Para aquí y llévate ese regalo que te hace: está dando en un límite tuyo. Piensa cuál es. Si la enjuicias por lo que dice, piensa cuál es la creencia que te produce esa reacción. Si es su actitud lo que te enoja, piensa cuánto de eso hay en ti y cómo de reconciliado/a estás con esa sombra tuya.
  • Escucha lo que dice y cómo lo dice. Tanto el lenguaje verbal como el lenguaje no verbal nos cuentan, tenemos que ver que sea coherente y, si no lo es, aclararlo para saber a qué tenemos que escuchar, qué es lo verdadero en esa persona, y no presuponer.
  • Interpreta lo dicho basándote en los hechos, no sobreinterpretes o subinterpretes.
  • ¿Pones toda la atención y pese a eso hay veces que parece que sus palabras no entraran en tu cabeza? ¿No eres ni capaz de reproducir lo que dice? ¡Enhorabuena! Has dado con un límite de tu sistema de creencias. En tu mundo no existe eso que esa persona dice, así es que no lo puedes ver, no puedes ni escucharlo. Las gafas con las que ves la realidad no son capaces de captar esa otra realidad. Aquí toca dar un paso de gigantes: ¡construye nuevas gafas! ¿Cómo? Pide a la persona que te lo vuelva a decir despacio, nota como provoca un golpe y otro en tu cabeza, pregúntale lo que te haga falta para comprender lo que dice. Contrasta lo que dice con lo que tú dices, pero sin hacer grandes monólogos. Cuanto más breve, mejor, así verás con más claridad dónde está la diferencia y empezarás a explorar ese maravilloso mundo que es la otra persona.

*Marta San Miguel “Escuchar te vuelve más creativo, pero ¿escuchamos bien?”, Revista Yorokobu.

**Se lleva a cabo un abordaje analítico, es decir, no se tratan de factores que sean siempre independientes o que tengan un correlato con una realidad única. Más bien la escucha es un proceso global donde intervienen todos los factores sin que muchas veces se pueda apreciar dónde empieza uno y dónde acaba el otro.