Cuando lo negativo se torna en positivo - Soluciones integrales Para Centros Educativos | Educando.es
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Cuando lo negativo se torna en positivo

Cuando lo negativo se torna en positivo

Si miramos solamente un par de décadas atrás, las mamás “novatas” solían hacer todo tipo de consultas a sus propias madres, ante cualquier duda o preocupación que surgiera en el camino: “Mamá, Marga se ha ensuciado su vestido preferido de mermelada”, “Mamá, Marga aún no camina”, “Mamá, el pez Pupy ha muerto” y ahí teníamos a nuestras madres, esas fantásticas abuelas, con soluciones para todo o, en su defecto, palabras de afecto.

 

Ahora vivimos en la era de la información y ante cualquier duda acudimos a nuestro buscador de Internet preferido. El problema es que Internet no tiene ningún filtro afectivo y la gente tiende a compartir sus preocupaciones, incluso exagerando, como si hicieran de la red un lugar donde desahogarse sin temor a ser juzgados. Como el estado de ánimo se contagia, puede suceder que, por más que busques consuelo, sólo des con foros repletos de gente igual o incluso más desesperada que tú y termines por acabar más perdida que al principio.

Un día llegas al pediatra y te dice que el desarrollo de tu hijo/a no es el normal. Quizá ya habías notado que cuando los hijos de tus amigos o conocidos empezaban a aguantar sentados, el tuyo prefería estar tumbado. Puede que te hubieras percatado de que, mientras la niña de delante de ti en el supermercado no deja de hablar con su madre, tu hijo es más reservado y no comenta nada con su entorno; se hace entender, si tiene hambre o sed, incluso sueño, pero nunca te ha dicho: “mamá estoy cansado”. No le ha hecho falta, el vínculo tan estrecho que te une a tu hijo hace que no necesite usar palabras para que os entendáis y tu madre dice que tu también tardaste en hablar, pero ahora lo haces a la perfección.

 

Todo cambia el día en que el pediatra introduce en vuestras vidas la palabra “normal”. Inconscientemente, cuando nos dicen que algo “no es normal”, entendemos que ese “algo” está mal, y entonces sientes esa extraña sensación que sólo puede entender quien la haya experimentado. No es miedo, tampoco preocupación, ni siquiera enfado… es a la vez un conjunto de las tres sensaciones, algo que se resume en “sentirse perdida”.

 

Cuando llevas al médico a tu niño y te dicen que tiene una enfermedad física, en la mayoría de casos, sales de consulta con un tratamiento y unas pautas muy claras, así como el resultado que se espera de dicho tratamiento. Sin embargo, cuando te dicen que hay algún problema en su desarrollo, miras a tu hijo y no lo ves mal. A tu parecer, tu hijo está perfectamente, no entiendes por qué te dicen esto, ni qué buscan. Con suerte te derivan a realizar pruebas neurológicas que, aunque podrían darte una sensación de tranquilidad, asustan sólo con pensar que el resultado pueda ser positivo.

 

Llega el día en que, al fin, te dan el diagnóstico. En todo este tiempo has leído, incluso demasiado, sobre los motivos por los que se deben realizar encefalogramas, ARRAy’s, carotipos, o los beneficios de acudir al CDIAP (Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz)….Esperas que todo salga bien, pero no sabes si será así; quieres ser fuerte, pero descubres una fragilidad que jamás habrías imaginado….

 

Siempre habías deseado ser madre, lo tenías todo planeado al milímetro, hasta que te sorprende el diagnóstico menos claro con el que suelen encontrarse los padres en los primeros años de vida de sus hijos. Tecleas “qué es el retraso madurativo” y la conclusión global, tras leer varios sitios online y consultar a numerosos especialistas, es que es un trastorno comodín. Nunca habrías imaginado que contar con un comodín pudiera hacerte tan insegura.

 

Te extraña que un bebé de 18 meses pueda necesitar un psicólogo pero ahí estás, respondiendo a un montón de preguntas que parecen banales. Aún no había leído tanto como ahora sobre el retraso madurativo, así que pregunté: “¿Entonces mi hijo tiene retraso mental?”. Me sentía fatal, no quería que me juzgasen por mi pregunta.

 

Si mi hijo tenía retraso mental le iba a seguir queriendo igual, o incluso más que antes de recibir la respuesta a la temida pregunta. Por suerte di con una psicóloga que tenía la sensibilidad suficiente para tranquilizar mis inquietudes, pese a no resolverlas.

 

Todos los padres o madres que os hayáis tenido que enfrentar a este diagnóstico habréis oído la misma respuesta: “hasta los siete años no se puede diagnosticar un retraso mental, su desarrollo sigue el curso normalizado, pero el de una edad inferior a su edad cronológica”. Eso no descarta un retraso mental, pero a la vez significa que tu hijo no padece retraso mental, aunque habrá mucha gente de su entorno que no pueda llegar a entender esto jamás.

 

Te acostumbras a no esperar de tu hijo lo que los demás esperan; descubres que la educación especial, aunque debería de ser un privilegio universal, queda reservada a unos cuantos afortunados. Pese a ser señalados por el resto, ves como otros niños “normales” se ríen del tuyo, le dejan de lado o lo incluyen como si estuvieran haciendo una especie de acto altruista.

 

Ves cómo el entorno, que cree saber de todo, te da consejos de crianza creyendo que si aún utiliza pañal es porque tiene unos padres vagos. La gente afirma que tienes un niño/a muy listo/a como si hubieran descubierto las Américas. Entiendes a la perfección la diferencia entre igualdad y equidad, sufres y no sabes con quién compartir tus miedos, si tienes apoyo del papá, eres afortunada.

 

Muchos son los padres que se niegan a ser partícipes de terapias en las que sólo ven que su hijo va a una consulta a jugar, cuando creen que aprendería más en inglés o yendo a fútbol. Son muchos los padres que creen que un trastorno madurativo sólo es una etapa; que nuestros niños, simplemente, van a su propio ritmo y basculamos entre la sobreprotección y la negación. En ocasiones prefieres que tu hijo no tenga que afrontar sus limitaciones y, en otras, ni siquiera eres consciente de esas limitaciones, como si por ignorarlas fueran a desaparecer.

 

Pero llega el día en que lo negativo se vuelve positivo. No sabría decir cuándo llegó ese momento, aunque recuerdo que antes hubo bastantes momentos duros.

 

No me avergüenza decir que, cuando pensaba en las circunstancias que rodeaban la vida de mi niño, lloré muchas veces. Hubiera agradecido que alguien me dijera “llora”. Así que, si lo necesitáis, no dudéis. Los padres también tenemos derecho a llorar hasta que, de repente, ya nada importa más que su felicidad. De repente, mientras otros padres corren, de inglés a piano, de piano a hípica, o de patinaje a pintura, tú acompañas a tu hijo a jugar, váis camino al CDIAP, un rincón donde nadie te juzga, un lugar donde te escuchan, donde aprendes que la vida es mucho más sencilla, que lo único que importa es que tu hijo sea feliz y que cuando llegue el día en que afrontes un “está aprendiendo muy despacio” o un “no avanza como esperábamos” sepas que lo único que debéis esperar es ser felices el uno con el otro.

 

A tu hijo no le importa cómo seas, no te fija expectativas, no diseña tu tiempo de ocio según sus intereses o gustos; tu hijo sólo necesita verte sonreír y eso es lo único que necesitas de tu hijo. Llegas a casa, miras la pared pintada por tu pequeño y no te importa: no se te pasaría por la cabeza ni un segundo enfadarte por algo así, es su obra maestra, abre la puerta por primera vez y te emociona, se escapa de la cuna y a ti se te escapa una lágrima de alegría.

 

Eso es lo importante, aunque antes debes afrontar estar enfadado sin saber ni siquiera con quién. Si tienes un niño/a con retraso madurativo, llegará el día en que no te enfadarás por cosas banales, sino que agradecerás lo que la mayoría de padres ven como algo negativo. Con un diagnóstico como este, lo único de lo que puedes estar segura es que en algún momento descubrirás que la vida te está dando la oportunidad de que disfrutéis su infancia lentamente.

 

Todo saldrá bien, os vais a amar para siempre, certeza que es lo único por lo que todo/a m(p)adre lucha. Y si alguien critica a tu hijo, ¡dale un beso! (al niño, claro… no al que le critica….) Al fin y al cabo, tu amor y aceptación es más que suficiente para su correcto desarrollo y bienestar.

J. Tort

Madre y seguidora de Educando