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La Educación, tarea de todos

La Educación, tarea de todos

La historia de la humanidad está llena de maestros que dejaron huella en sus discípulos, no por lo que enseñaron sino por cómo lo enseñaron. Estoy segura de que todos tenemos experiencia de ello y nuestra vida ha estado marcada por alguno que, sin saberlo, nos acompañó un buen trecho del camino. Fueron maestros anónimos para la historia, pero con nombre propio para millones de seres humanos.

            Otros sí han sido reconocidos internacionalmente. Sus lecciones de vida suelen ser verdades universales que nos permiten dejar a un lado la procedencia política, social o religiosa pues, afortunadamente, los verdaderos maestros están lejos de hacer cualquier proselitismo. Se limitan a enseñar con el ejemplo de sus vidas, algo bastante poco frecuente hoy en día. Puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que en nuestras aulas hay muchos de esos profesores y en ocasiones muy poco valorados o, peor, juzgados muy injustamente. Pero no somos los profesores los únicos responsables de la educación; es tarea de todos.

            Un pensamiento de Confucio me dejó perpleja un día por su valor educativo: Si el gobernante se impone por sus cualidades, sus ministros mantendrán el orden en armonía con las buenas costumbres. De esta manera, el pueblo sentirá vergüenza de actuar mal y las familias avanzarán por el camino de la virtud.

            No cabe la menor duda de que los jóvenes que están siendo educados necesitan ver en sus padres, en la sociedad y en sus gobernantes, un ejemplo de honradez y respeto para construir sus vidas de forma sólida. Sin alguien que vaya por delante abriendo el camino con sus hechos y no solo con sus palabras, se dificulta el aprendizaje. Pero hay diferentes reacciones ante las dificultades: unos se hunden, otros se crispan, otros se ponen a trabajar o incluso se crecen. No es cuestión de idealizar actitudes; solo se trata de aprender a luchar. Y a luchar, precisamente, es a lo que tenemos que enseñar a nuestros niños y jóvenes.

            Las cosas no están fáciles, teniendo en cuenta que el 65 % de los jóvenes busca trabajo fuera de España. No hay soluciones mágicas; hay solo ilusión por enseñarles lo que es mejor para su futuro. Quizá  estas claves ayuden a  quienes realmente se preocupen por su educación:

Ejemplo y cariño: Para educar, cuida tu educación. Eres su referencia y si no influyes tú, lo harán otros. Mantén un tono de educación y respeto, combinando razón y cariño.

Autoestima: Que se conozcan, se acepten y se quieran. Enséñales a potenciar sus virtudes.

Límites y seguridad: Atrévete a decir lo que está bien o mal y acompáñales en su libertad de tomar sus propias decisiones.

Orden: Enséñales a administrar su tiempo. Pacta un horario para que planifiquen y se organicen.

Expectativas y comunicación: Confía en ellos, háblales, escúchales, transmíteles que la constancia en el esfuerzo les llevará a sus metas.

Consumo responsable: Enséñales a valorar todo, a discernir lo que es necesario y lo que no; eso les preparará para aceptar carencias.

Solidaridad: Señálales la importancia de aceptar a los demás aunque sean diferentes y de estar pendientes de ellos. Ser benevolentes con los más débiles les hará conocer sus propias limitaciones.

            No existen las recetas infalibles y estas no lo son; sobre todo, cuando hay tantos factores que inciden en cualquier ser humano. Pero si todos empujamos en la misma dirección, igual algo se mueve.

            Por eso me atrevo a compartir una experiencia personal como tutora de un curso de 1º de la ESO que, a pesar de todas las advertencias grupales y personales previniendo de un acoso en toda regla, acabó en una enfermedad de difícil curación: el grupo cayó en sus propias redes de violencia física y verbal sin vuelta atrás.

            Organicé una sesión en la que asigné estratégicamente a determinados alumnos roles a desempeñar ante el resto de compañeros. Cada uno actuó pensando en cómo se sentiría el personaje asignado. Los espectadores rieron, se tomaron los gags a broma y muchos observaron con el ceño fruncido. Algo estaba pasando.

            Al revisar la situación hubo claro consenso para identificar el acoso. Evitando todo debate, analizaron sin dudar las actitudes surgidas de los roles: acosado, acosadores y espectadores pasivos. Sabían de qué hablábamos, pero no traspasaban la barrera para sentirse reconocidos en aquellos roles. La sola identificación de “un problema”, no resolvía “su problema”. Seguimos avanzando.

            Insistieron en aclarar datos y dediqué otra sesión a intentar una catarsis de grupo y enfrentar el conflicto. Suponía un riesgo, pero debía seguir hasta el final.

            En un ambiente sereno, les invité a explicar con total sinceridad cómo se sentía cada uno  en el grupo y por qué. Algunos necesitaron mi mano en su hombro para verbalizar sus sentimientos. Pero a medida que se fueron escuchando “confesiones” muy íntimas, el clima se fue haciendo más denso, provocando que las lágrimas de muchos de nosotros, emocionados, afloraran sin quererlo. Y digo “nosotros”, porque a la emoción de los alumnos se unieron la mía y la del profesor que entraría a continuación, que nos pidió compartir ese momento inolvidable. La lección fue clara para todos: no conviene olvidar jamás nuestra propia fragilidad, nuestros errores y, sobre todo, las consecuencias de nuestros actos cuando hacemos daño a los demás.

            Escuchamos sinceros arrepentimientos por haber cometido graves faltas de respeto; lograron mirarse a los ojos para pedirse perdón; detectaron pequeños éxitos en compañeros de conflictiva trayectoria y supieron darse las gracias. Toda una lección de contrición. Algo muy importante sucedió, que rematamos con un apretado abrazo. Ya sabemos que ni está arreglado el problema ni se acabaron aquí los conflictos del grupo. Solo se había iniciado un camino. Ahora todos saben cómo se siente cada uno. Confío en que fuese para mis alumnos la lección más valiosa e inolvidable: aquella que salió de sus propias vidas.

            Hagamos con sinceridad una breve reflexión: ¿cuántos educadores confían en las capacidades de sus alumnos y las estimulan? ¿Cuántos de nuestros niños y jóvenes se sienten defraudados ante sus logros, por falta de confianza? ¿Dónde están el principio y el nudo del problema? ¿Hacia qué final nos dirigimos? Da igual. En cualquier caso, solemos empeñamos en buscar culpables fuera y no nos preocupamos lo suficiente por cambiar lo que cada uno de nosotros sabe que no funciona o no está haciendo bien.

            Con frecuencia nos equivocamos al considerar la niñez como una época sin problemas y la idealizamos; no somos conscientes de los daños emocionales o las cicatrices que deja en los jóvenes la falta de la debida atención. Puede pedírseles que se adapten a una nueva clase, que encaren los problemas de relación y aceptación que supone la convivencia diaria en la escuela o en el hogar, pero no debemos olvidar que, en ocasiones, son esas relaciones las que les crean incertidumbre e inseguridad.

            Por esta razón hemos de creer firmemente que la capacidad para afrontar la adversidad puede aprenderse. Los niños y adolescentes con frecuencia perciben intensamente el miedo y la tensión propios de su edad y de los sucesos del entorno. Recurren entonces a sus maestros y a sus padres para sentirse seguros y ser ayudados a comprender, pero… ¿somos realmente modelos o referentes idóneos para su aprendizaje?

            Es conveniente y necesario que nos comuniquemos con ellos todo lo posible. Respondamos a sus preguntas con tono tranquilizador y escuchemos atentamente sus respuestas. Es cierto que a veces actúan como si se sintieran inmortales pero aun así, quieren y necesitan saber que saldrán adelante. Seamos, pues, comprensivos, pero muy firmes en nuestra tarea educativa. Sin duda, nos lo agradecerán.

            También es verdad que, a pesar del avance vertiginoso de las nuevas tecnologías, no nos distinguimos mucho de la humanidad prehistórica o medieval, donde las diferencias se solventaban a base de garrotazos y violencia gratuita. Lo más lamentable es que los adultos del siglo XXI sigamos ofreciendo a nuestros niños y adolescentes un modelo a seguir bastante inadecuado para que se formen en los valores básicos para la convivencia: respeto, tolerancia y paz.

            No es novedad que en torno a una adolescencia cada vez más precoz, el acoso escolar encuentra un terreno abonado en los jóvenes inseguros que forjan a trompicones su entrada en el mundo de los adultos, en cuyo espejo, precisamente, se miran peligrosamente.

            Todo vale para medrar: el insulto y la descalificación entre políticos está a la orden del día; incluso la agresión física. El decoro profesional a la hora de rendir adecuadamente en el trabajo se califica como de “pringaos”; se puede agredir verbalmente en las redes sociales a cualquiera que opine algo diferente, incluso escondidos en un perfil falso, y se suben fotos que ponen en peligro la dignidad de personas buenas y honradas. ¿A quién corresponde entonces la tarea de enseñar a controlarse?

            Esta tarea es común y corresponde a todos; ha de compartirse entre padres, directores, profesores, municipios, fuerzas de seguridad, gobierno… cada uno su parte. Así, afirma el profesor Marina: “Para educar al niño hace falta la tribu entera”, ya que uno de los problemas básicos de la educación es que los padres y los docentes siempre han educado en nombre de la sociedad que les respaldaba.

            Ahora se tiene la sensación de que se educa contra la sociedad y a veces nos sentimos solos e impotentes. Esa misma sociedad debería entender que no puede exigir cosas que no está cumpliendo, pues así la violencia gana adeptos y ser miembro de la masa linchadora es una forma de integrarse socialmente.

            ¿Vamos a permitir que esta “lección de violencia” gane terreno en nuestras aulas? Yo, personalmente, me niego. Y seguro que muchos más también, porque la educación es tarea de todos.

M.ª Luisa Turell